11 agosto 2016

Antonio Orihuela





Al final de la comida

Al final de la comida
le he enseñado a mi madre 
el libro de poemas
que acaban de publicarme. 

La artritis de sus manos
apenas le deja mantenerlo
abierto y sus escasos años de escuela 
recorren las palabras 
como un niño que gatea 
hasta hacer incomprensibles mis versos.

Loca de contento, 
orgullosa de su hijo, 
le lee un poema a mi padre 
que la mira desde el sofá. 

Cuando termina, 
levanta la cabeza 
y ve a mi padre dormido. 

Lo despierta 
y vuelve a comenzar 
hasta tres veces 
la lectura... 

Yo no digo palabra, 
pienso en los amos de la fuerza de los humildes, 
en el tiempo delicioso que les robaron, 
en la lengua que apenas les dejaron para comer 
y reproducirse en los profesionales del estilo,
en los críticos de las letras,

y en lo lejos que estará siempre 
el pueblo sencillo y trabajador 
de eso que llaman literatura.


(De: Piedra, corazón del mundo).

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