11 diciembre 2016

Ana Deacracia




Se desmiembran los dedos, se deshabitan,
asustados frente a lo anónimo,
no saben cómo asirlo…

Las manos torpes no entienden de posturas,
ni de líquidos deslizándose obvios
hasta sudarle el alma.

Un rayo de tristeza le atraviesa la cara,
y rompe la sonrisa en mil pedazos nuevos.

Los ojos de los transeúntes normalizan
las caídas al abismo o cualquier vómito.



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