miércoles, 28 de septiembre de 2016

Rafael Alberti




El ángel ángel

Y el mar fue y le dio un nombre
y un apellido el viento
y las nubes un cuerpo
y un alma el fuego.
La tierra, nada.
Ese reino movible,
colgado de las águilas,
no la conoce.
Nunca escribió su sombra
la figura de un hombre.


Puri Teruel Robledillo







Somos el sexo débil… dicen.
Y sí, debe de ser así.
La debilidad vive acurrucada
en el último peldaño de mi vientre y,
cuando me levanto por la mañana,
se agazapa y no sale, la muy desgraciada.
Entonces:
Me visto con la piel de elefante de todos los días.
Sacudo las camas,
hago los baños,
la compra,
cocino el estofado de carne malherida,
me zurzo la piel
cubro desconchones,
sacudo el polvo al viejo dolor y,
me raspo los ojos,
para no ver la turbiedad del mundo.
Me despiojo de parásitos
cuando escucho la televisión.
Y sigo caminando recto
hacia el sudor de mi frente,
a veces hacia el sudor de mi sangre,
y a veces, solo a veces,
me asomo a la ventana y
observo la vida pasar
así…
como de puntillas






VICENTE LLORENTE



MUEBLES

De todas mis dudas
quiero salvar
una certeza de madera
renqueante y con vetas
para acondicionar
esta sala de espera
que es la vida.

Una mesa.
Con dos cajones.
La viruta que llueve al abrirlos.

En su interior,
siempre a mano
y susceptibles de combustión,
guardo mis textos.

Hoy
he dejado un papel en blanco:
Flaco favor al mundo
mi testamento.

martes, 27 de septiembre de 2016

Mar Blanco







Late la noche
¿Quien no ha tenido que repartirse
entre el pan y los sueños?
¿Hasta cuando el destino?

¿Hasta dónde la palabra
si la pasión estalla
y se calcinan los dedos
en un incendio de flores?

Dentro siempre una luz encendida
como una luna
que me llena hasta el borde.
No conozco mayor plegaria
que ofrecer al vacio.



La imagen puede contener: interior

Diana Rios Poema






La noche devora mi cuerpo,
arranca miedos de mi carne,
rocía tu piel en mi flor
se recuesta en el monte,
hablan las caricias.
Cielo corpóreo del arte
estrellas en mis secretos
deambulan
intermitentes juegos
cierran mis ojos y te miro.
Esta noche me arrojo al vacío.




Antonio de Padua Díaz,




Sentado en mi cama
de la habitación número once
por la doble ventana
miré la casa rosa y blanca
de todos los días posiblemente
del siglo dieciocho.

Me puse la camisa y se hizo un espléndido
silencio ni tranvías ni voces
ningún sonido. Entonces
vi volar palomes grises
que tampoco hicieron ruido


y sentí un momento,
aún así en calzoncillos,
la paz como sería.


Praga, agosto de 1.990
Foto de Jordi Gaya-Gallofré

lunes, 26 de septiembre de 2016

Izabel Rezmo





DIÉRESIS


Los niños callan en sus juegos y hablan con la sonrisa
y el chillido, moviendo el pómulo de forma inocente,
sin expresión,
en un verbo que cuaje en la tarde o en la noche.
Nosotros ponemos el índice hasta para beber la sopa.
Para dominar el aire que cruza la calle,
la alameda, el frondoso bosque.
Ponemos verbos donde no quiere decir ver.
Ponemos verbos donde no poner siento.
Ponemos verbos para cortar la risa.
Ponemos verbos para dormir a la intemperie.
Ponemos verbos.
A todo.
Irremediablemente ponemos de la A a la Z
para recoger excusas.
Se nos olvida poner la fuerza del acento
en el agua, en la semilla, en la tierra, en el árbol,
en el beso, en el otro, en el siempre.