miércoles, 19 de junio de 2019

Lluïsa Lladó




Pido disculpas por mi modo
de desalmar las cosas.
Por la mirada perdida
en un bazar de Arizona
con la puerta del frigorífico abierta
a una dimensión ignorante.

Y tu voz réplica
zarandeando al espacio-tiempo
con la garra huraña
y mi cuerpo entre la cocina
con vistas al vecindario
y unas parrillas que blancas
despiden la frialdad de un electrodo.

Disculpas por mi alarmante,
la colocación inoportuna.
El abrazo no resuelto de la niñez.
Y toda la artillería
que los idos hacemos acopio.

Barrer el trauma hasta acumular un monte.
Por la habitabilidad de mis fobias.

Y el goce cangrejo
de ir de un lugar a otro.

Pero, pienso, con aguja y vinagre.
Qué el amor de las piedras más negras.
Es el más preciado.
Porque amar también se aprende.
Y en la vacante tuve que leer de los libros.

Así que te entrego este carbón.
Qué contiene la honestidad más pura.

Mi diamante creció del desgaste.
Y en mis dedos existen cortes
extranjeros
igual que una puerta reabierta
entre el mundo
y los perecederos de una nevera.

Guarda mi corazón de lata.

Lying doll

martes, 18 de junio de 2019

Ana García Briones








Anida en mi ser
una semilla profunda
como de agua,
una brisa suave
un sol
un aleteo de pájaros.

Anida en mi ser
la melancolía,
una invasión de sueños
un viento cálido ,
un jardín silencioso
una farola,
una burbuja de espuma
un embarazo .

Anida  en mi ser

el dolor del silencio
una  ausencia
una lluvia
una simple mirada.
una sonrisa suave
un tacto infinito
una primavera húmeda
en las orillas del alma







Juana Rios






Como aquellas noches de temporal
en las que el Dios del catecismo se olvidaba del mundo
y eran los perros sin dueños
los amos de la lluvia en las calles.
Los oía ladrar desde mi cama,
mojados y ateridos,
peleando por la basura.
Las persianas de madera golpeaban
los cristales empañados de invierno,
y arreciaba la ira paciente del agua
sobre los charcos y las azoteas.
Yo esperaba la mañana para que
huyera por el barrizal la noche,
los gritos de las gaviotas
posadas sobre la bóveda de medio cañón de la conservera
excitadas por las fumarolas de vapor
con olor a pescado
que vomitaban las chimeneas.



Peces voladores, editado por Huerga y Fierro.

La imagen puede contener: océano, nube, cielo, crepúsculo, exterior, agua y naturaleza


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lunes, 17 de junio de 2019

Rosa Veiga Medero







El niño esta pidiendo en medio de la plaza,
tiene la pena en sus ojos y en sus pies la soledad descalza.
Sobre su cuerpo las vestiduras de la delgadez asustada.
Tres caballeros le miran desde el el salón de la abundancia.
Sigue pidiendo el niño, con el hambre aprendida, 

mientras en su alma busca el refugio de su infancia, 
donde habitan los recuerdos de sus padres y de su casa.
Con el desprecio asumido,

ante el niño pasan de largo 
los señores de la abundancia como dioses o divinos.
Con la inocencia vestida el niño los
mira mira, pues no sabe que estos son
los ángeles de la muerte y
la mentira.




Malika El Bouzidi /Conil


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Embrujo De Luna
¡Luna llena, no te escondas
bajo las nubes quiero verte!
Asoma tu clara luz
para iluminar la tierra
y mi corazón triste.
Cuando los enamorados quieren verte
embrujas los corazones de los amantes.
Escribo sobre ti versos románticos
y la serenidad forma parte de ti.
¡Observándote desde mi ventana
por la noche, libre entre las nubes,
y las estrellas brillantes!
Al sentir tu caricia,
lanzo mis alas al horizonte
en una noche estrellada
para llegar a abrazarte y adorarte.
¡Oh luna, clara y pura,
en aquella noche oscura!
El amanecer más allá respirará
de nuevo la aurora.
Dejaste dentro de mi alma
la hermosura de la noche.
Amo tu luz brillante
y la poesía fragante
¡Oh luna no te escondas
en el cielo fulgurante
que con tu luz me embrujaste!

viernes, 14 de junio de 2019

Pedro Salinas













NO RECHACES LOS SUEÑOS POR SER SUEÑOS


No rechaces los sueños por ser sueños.

Todos los sueños pueden

ser realidad, si el sueño no se acaba.


La realidad es un sueño. Si soñamos

que la piedra es la piedra, eso es la piedra.

Lo que corre en los ríos no es un agua,

es un soñar, el agua, cristalino.

La realidad disfraza

su propio sueño, y dice:

”Yo soy el sol, los cielos, el amor.”

Pero nunca se va, nunca se pasa,

si fingimos creer que es más que un sueño.

Y vivimos soñándola. Soñar

es el modo que el alma

tiene para que nunca se le escape

lo que se escaparía si dejamos

de soñar que es verdad lo que no existe.

Sólo muere

un amor que ha dejado de soñarse

hecho materia y que se busca en tierra.




jueves, 13 de junio de 2019

Marcos Ana






Mi primer amor.


Una tarde, casi al anochecer, me encontré con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visitó alguna vez en la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una vuelta por Madrid y me llevó a conocer algunos cabarés que él seguramente frecuentaba. Yo aparentaba cierta indiferencia, pues salía un poco chapado a la antigua y me parecía que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres excitantes que deambulaban de un lado a otro provocativamente.
En un momento, mi amigo miró su reloj y me dijo: "Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me está haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos vemos otro día con más calma". Le di un número falso, pues dada mi situación, pendiente de mi salida clandestina de España, no era prudente establecer ninguna relación.
-Espérame un minuto -me dijo antes de marcharse.
Se perdió en el fondo del salón y volvió con una muchacha preciosa, a la que llamó Isabel. Sin presentármela siquiera, le dio un billete de quinientas pesetas y le dijo: "Toma, para que pases la noche con este amigo".
Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan excesivamente joven que en su rostro no había ni la más leve huella de su profesión. Me es muy difícil describir ahora cómo pasé aquel momento, pero lo cierto es que cuando me quedé a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabía cómo comportarme. Ella me dijo con tono indiferente: "Bueno, vámonos". Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunté: "¿Adónde?". "Pues... al hotel".
-Pero así, ¿sin apenas conocernos? Me gustaría pasear un poco, saber algo más de nosotros...
Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miró sorprendida. Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, pensó que estaba borracho y me devolvió el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos manos la suya: "No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero es que para mí todo esto es muy difícil...".
Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conté que acababa de salir de la prisión, que era un preso político, que me habían tenido veintitrés años fuera de la vida, que nunca había estado con una mujer...
Entonces, aquella muchacha, un poco extrañada, dulcificó su rostro, sus ojos me miraron de pronto con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.
-Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora cambia todo, y voy a perder hoy contigo unos cuantos servicios esta noche.
Me invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio alto de la plaza de España, y viví, entre temblores, las escenas más hermosas e increíbles. Después de cenar seguimos un rato charlando hasta que ella me dijo: "¿Nos vamos ya al hotel?". El problema para mí seguía siendo el mismo; era como cruzar un río desconocido, sin saber nadar, lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose, me decía: "No te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte de nada, lo voy a hacer yo todo".
Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una habitación alquilada. Todo resultó más fácil de lo que yo temía. El mérito fue de ella. Superé mis inhibiciones, y aquella muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguió que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada. Después, en vez de dar "la sesión" por terminada, me pidió que me quedase a dormir con ella. Lo dudé un poco: la preocupación de la familia si no volvía a casa, los policías si notaban mi ausencia... Pero era muy difícil renunciar, me quedé y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada.
Por la mañana me despertó con un beso. Traía una bandeja en sus manos. Había bajado a la calle a por churros y chocolate, se sentó en el borde de la cama y desayunamos juntos. Al despedirnos la estreché con la mayor ternura entre mis brazos, con el corazón en la garganta, sabiendo que no la iba a ver nunca más.
Al llegar a casa encontré a mi hermano disgustado por no haberles avisado de que iba a pasar la noche fuera. Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta para cepillarla, sacó de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me preguntó: "¿Qué tienes aquí, Fernando?".
Un majestuoso ramo de flores
Tomé el papel, en el que venía enrollado el billete que le dio mi amigo y una pequeña nota que decía: "Para que vuelvas esta noche". Al leer aquellas palabras, que me parecía oírlas de su propia voz, volvió a mí la fuerza de la sangre y, estremecido por el deseo, me eché a la calle sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abrirían hasta las ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un nuevo encuentro.
Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto, que fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto de mi primera noche con Isabel. Que al volver y "comprar su cuerpo" con aquel dinero, que además era suyo, sería como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a prostituir aún más, como un cliente cualquiera, y a ensuciar y hacer trizas un hermoso recuerdo que quería y debía conservar con toda su pureza y su ternura.
Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginación se encendía recordando la noche que pasamos juntos. Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados pasé por delante de una floristería y casi sin pensarlo, con un impulso instintivo, entré y le dije a la vendedora: "Póngame quinientas pesetas de flores".
La mujer me miró sorprendida: "¿Quinientas pesetas?".
-Sí, sí, quinientas pesetas, escójame las mejores flores.
Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquídeas con las magnolias y las rosas.
Me parecía inadecuado, ridículo sobre todo, llevárselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecérselo en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y dejé en la recepción el ramo de flores y una sencilla nota que decía: "Para Isabel, mi primer amor".



Del libro: Decidme como es un árbol