Son príncipes, mis flores,
sin riquezas ni ritmos incoherentes,
sin coronas ni espacios
más que un tiesto.
Son princesas mis príncipes liláceos,
en el rosa se confunden sus pétalos,
viviendo en la vasija de sus órbitas,
sin más palacio que ese.
Me llenan las pupilas,
me seducen mis venas con sus riegos,
no soy yo quien les cuida,
ellos son quienes me donan
la vida que me prestan.
Pienso en tí, pequeña luz
y en el hueco de tu profunda espiral
donde destellan las incógnitas
de una vida.
Pienso en tí,
mientras mis ojos se ciegan
y una mota de polvo
traspasa mi ventana.
Pienso en tí y me pregunto
por qué a veces, no vemos más allá
de las narices
Y nos recreamos en nuestro
propio ombligo
si comprender
que en la noria de los días
nada es para siempre.
Nadie mojaba el aire
Nadie mojaba el aire
Tanto como mis ojos.
Me decías: "¿Trabajas?"
Me decías: "¿Ya es la hora del té?"
Y yo no te decía: "Te amo";
No te decía:
"Eres todo lo que tengo";
No te decía:
"Eres la única rosa en la que caben
Todas las primaveras".
Me decías:
"Adiós, hasta mañana".
O me decías:
"¿Necesitas algo?".
Y yo no te decía:
"Me estoy muriendo
De amor... me estoy muriendo".
Nadie mojaba el aire
Como yo.
Hace años anotaba
cuándo hacía el amor
por saber cuál sería la última vez.
Ahora anoto la fecha del último poema.
En realidad viene a ser lo mismo.
Te estoy esperando en el momento justo.
La cadencia dulce de tus manos
es la que da impulso
a los gestos cotidianos.
Cuento mis días por caricias.
Pido disculpas por mi modo
de desalmar las cosas.
Por la mirada perdida
en un bazar de Arizona
con la puerta del frigorífico abierta
a una dimensión ignorante.
Y tu voz réplica
zarandeando al espacio-tiempo
con la garra huraña
y mi cuerpo entre la cocina
con vistas al vecindario
y unas parrillas que blancas
despiden la frialdad de un electrodo.
Disculpas por mi alarmante,
la colocación inoportuna.
El abrazo no resuelto de la niñez.
Y toda la artillería
que los idos hacemos acopio.
Barrer el trauma hasta acumular un monte.
Por la habitabilidad de mis fobias.
Y el goce cangrejo
de ir de un lugar a otro.
Pero, pienso, con aguja y vinagre.
Qué el amor de las piedras más negras.
Es el más preciado.
Porque amar también se aprende.
Y en la vacante tuve que leer de los libros.
Así que te entrego este carbón.
Qué contiene la honestidad más pura.
Mi diamante creció del desgaste.
Y en mis dedos existen cortes
extranjeros
igual que una puerta reabierta
entre el mundo
y los perecederos de una nevera.
Guarda mi corazón de lata.

Anida en mi ser
una semilla profunda
como de agua,
una brisa suave
un sol
un aleteo de pájaros.
Anida en mi ser
la melancolía,
una invasión de sueños
un viento cálido ,
un jardín silencioso
una farola,
una burbuja de espuma
un embarazo .
Anida en mi ser
el dolor del silencio
una ausencia
una lluvia
una simple mirada.
una sonrisa suave
un tacto infinito
una primavera húmeda
en las orillas del alma
