Miraremos atrás
y cuando estemos a la altura
del recuerdo,
habrá gaviotas planeando
el mar donde fuimos como un niño
de arena;
habrá un pueblo descrito con cal viva
y un camino hacia el verano.Diremos adiós
y empezará el atardecer a respirar
en los jazmines.
TÚ
Observo tus idas y venidas
como olas en la playa,
y yo me quedo con la sed,
con la sed del que naufraga.
Antónimo de cobijo
Fotografía de internet
Tuve dos hijos.
Uno antes que otro, uno más bajo que otro,
uno más fuerte que otro, uno menos moreno que otro,
uno más herido que otro, uno con menos miedo que otro,
uno más necesitado que otro, uno menos capaz que otro,
uno más pez que otro, uno menos ave que otro,
uno con menos talento que otro, uno con más abrazos que otro,
uno más menos que otro. Uno a uno, un hijo.
A ambos se los llevó la vida a su vida
y yo me quedé en la mía.
Nos encontramos siempre por el camino
porque la vida sólo es una, más o menos.

HUIDA DE LOBA
A quien me pregunta
cuántos amores he tenido
le respondo que mire
en los bosques para ver
en cuántas trampas ha quedado
mi pelo.
Gran expectación en la sala
es que los artistas están de moda.
Desfile de habilidades
bajo embellecedoras luces,
mascaras y coturnos
se llevan los aplausos.
No faltó ni un detalle,
la fosa está en pie
y tras la merecida ovación
cae el telón…
…pero no las mascaras.
Del libro : A tu encuentro
Colección: Poesía en la distancia


Mi primer amor.
Una
tarde, casi al anochecer, me encontré con un amigo de la infancia,
hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visitó alguna
vez en la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una vuelta por Madrid y me
llevó a conocer algunos cabarés que él seguramente frecuentaba. Yo
aparentaba cierta indiferencia, pues salía un poco chapado a la antigua y
me parecía que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero
miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas
mujeres excitantes que deambulaban de un lado a otro provocativamente.
En
un momento, mi amigo miró su reloj y me dijo: "Debo marcharme, tengo
invitados en casa y se me está haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos
vemos otro día con más calma". Le di un número falso, pues dada mi
situación, pendiente de mi salida clandestina de España, no era prudente
establecer ninguna relación.
-Espérame un minuto -me dijo antes de marcharse.
Se
perdió en el fondo del salón y volvió con una muchacha preciosa, a la
que llamó Isabel. Sin presentármela siquiera, le dio un billete de
quinientas pesetas y le dijo: "Toma, para que pases la noche con este
amigo".
Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan
excesivamente joven que en su rostro no había ni la más leve huella de
su profesión. Me es muy difícil describir ahora cómo pasé aquel
momento, pero lo cierto es que cuando me quedé a solas con aquella
mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabía cómo
comportarme. Ella me dijo con tono indiferente: "Bueno, vámonos". Y yo,
confuso y con voz entrecortada, le pregunté: "¿Adónde?". "Pues... al
hotel".
-Pero así, ¿sin apenas conocernos? Me gustaría pasear un poco, saber algo más de nosotros...
Era
un lenguaje inusual para una prostituta y me miró sorprendida. Y al
ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la
mano mientras fumaba nervioso, pensó que estaba borracho y me devolvió
el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos manos
la suya: "No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero
es que para mí todo esto es muy difícil...".
Y balbuceando las
palabras, tartamudeando, le conté que acababa de salir de la prisión,
que era un preso político, que me habían tenido veintitrés años fuera
de la vida, que nunca había estado con una mujer...
Entonces,
aquella muchacha, un poco extrañada, dulcificó su rostro, sus ojos me
miraron de pronto con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección
de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.
-Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora cambia todo, y voy a perder hoy contigo unos cuantos servicios esta noche.
Me
invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio
alto de la plaza de España, y viví, entre temblores, las escenas más
hermosas e increíbles. Después de cenar seguimos un rato charlando hasta
que ella me dijo: "¿Nos vamos ya al hotel?". El problema para mí
seguía siendo el mismo; era como cruzar un río desconocido, sin saber
nadar, lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose, me decía: "No
te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte de nada, lo voy a
hacer yo todo".
Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una
habitación alquilada. Todo resultó más fácil de lo que yo temía. El
mérito fue de ella. Superé mis inhibiciones, y aquella muchacha, con la
mayor sensibilidad y ternura, consiguió que, por primera vez,
conociera el amor en una noche inesperada. Después, en vez de dar "la
sesión" por terminada, me pidió que me quedase a dormir con ella. Lo
dudé un poco: la preocupación de la familia si no volvía a casa, los
policías si notaban mi ausencia... Pero era muy difícil renunciar, me
quedé y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada.
Por
la mañana me despertó con un beso. Traía una bandeja en sus manos.
Había bajado a la calle a por churros y chocolate, se sentó en el borde
de la cama y desayunamos juntos. Al despedirnos la estreché con la
mayor ternura entre mis brazos, con el corazón en la garganta, sabiendo
que no la iba a ver nunca más.
Al llegar a casa encontré a mi
hermano disgustado por no haberles avisado de que iba a pasar la noche
fuera. Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta para cepillarla,
sacó de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me
preguntó: "¿Qué tienes aquí, Fernando?".
Un majestuoso ramo de flores
Tomé
el papel, en el que venía enrollado el billete que le dio mi amigo y
una pequeña nota que decía: "Para que vuelvas esta noche". Al leer
aquellas palabras, que me parecía oírlas de su propia voz, volvió a mí
la fuerza de la sangre y, estremecido por el deseo, me eché a la calle
sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abrirían hasta las
ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un
nuevo encuentro.
Pero mientras paseaba esperando una hora
prudencial para ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto, que
fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión y contrariedad: la idea
de que iba a romper el encanto de mi primera noche con Isabel. Que al
volver y "comprar su cuerpo" con aquel dinero, que además era suyo,
sería como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a
prostituir aún más, como un cliente cualquiera, y a ensuciar y hacer
trizas un hermoso recuerdo que quería y debía conservar con toda su
pureza y su ternura.
Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi
imaginación se encendía recordando la noche que pasamos juntos. Y
cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados pasé por
delante de una floristería y casi sin pensarlo, con un impulso
instintivo, entré y le dije a la vendedora: "Póngame quinientas pesetas
de flores".
La mujer me miró sorprendida: "¿Quinientas pesetas?".
-Sí, sí, quinientas pesetas, escójame las mejores flores.
Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquídeas con las magnolias y las rosas.
Me
parecía inadecuado, ridículo sobre todo, llevárselo al cabaret donde
ella trabajaba y ofrecérselo en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí
al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y dejé en la
recepción el ramo de flores y una sencilla nota que decía: "Para Isabel,
mi primer amor".
Del libro: Decidme como es un árbol
QUÉ HACEMOS
Qué hacemos con los tipos de interés
y las cláusulas suelo,
si esos tipos no interesan
y nos hipotecamos sobre terrenos pantanosos.
Qué hacemos con las multinacionales
y los productos transgénicos,
si me lees desde tu móvil de última generación
mientras te reflejas en la piel de una manzana.
Qué hacemos con las farmacéuticas
y los contratos basura,
si no nos curamos de envidias y rencores
y seguimos sin tirar el papel al contenedor azul.
Qué hacemos con el amor que nos sobra,
si al final lo convertimos en ego.