lunes, 10 de febrero de 2020

Pedro Javier Martín Pedrós.





Mi ser sueña con un abismo
de pétalos en forma de palabras.
Sueño con locuras
preñadas de paz.
La noche se adentra
haciéndose más noche.
La oscuridad mece
mi poesía hacia dudas,
infinitas dudas
en este difícil caminar.
Hay un resquicio de luz suave
que anuncia un nuevo amanecer
donde
la existencia aglutine
todos los abrazos
perdidos.


De Abriendo ventanas.

Ángel González.

Reconocido con el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Renia Sofía de Poesia, fue uno de los poetas más significativos de la Generación del 50.


Esto no es nada



Si tuviésemos la fuerza suficiente
para apretar como es debido un trozo de madera,
sólo nos quedaría entre las manos
un poco de tierra.
Y si tuviésemos más fuerza todavía
para presionar con toda la dureza
esa tierra, sólo nos quedaría
entre las manos un poco de agua.
Y si fuese posible aún
oprimir el agua,
ya no nos quedaría entre las manos
nada.

Daniel Abelenda Bonnet

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MORIRÉ EN MONTEVIDEO

Montevideo, tus calle
L. Borges



Un atardecer cualquiera
Invierno adentro –lo sé–
La lluvia golpeando la ventana
Ya sin luz las calles
Rodeado de libros,
Estaré demudado y solo
Escuchando por última vez
Las viejas canciones.

Moriré en Montevideo
–será tiempo entonces–
Ya habré dicho mis versos
Casi nada he guardado
En el cofre del tiempo;
Acaso algún abrazo amigo
Partido por la distancia
Acaso, ¡apenas!,
alguna amarillenta carta de amor.

Daniel Abelenda Bonnet
Poeta, ensayista y periodista uruguayo nacido en Salto en 1962.

(Fuente: Letralia, Cagua, Venezuela, núm. 176, novembre de 2007.)
(Foto © Montevideo Antiguo)

domingo, 9 de febrero de 2020

Noémia de Sousa

Si Europa desconoce el verbo africano es porque siempre ha preferido apretar la garganta ajena antes que sentarse a escuchar su canto. Siglos de genocidio y esclavitud mermaron la tradición oral de los pueblos del continente, que aun así fueron capaces de conservar un maravilloso acervo de relatos, mitos y refranes que florecen en su literatura a día de hoy. La poesía africana siempre ha recogido los ritmos de su pueblo, las palabras de sus ancestros, lo que el teórico Léopold Senghor definiría como un mundo «animado por las fuerzas invisibles que rigen el universo», a lo que añadiría también que «en el África negra, cualquier obra de arte es al mismo tiempo una operación mágica». Aunque la poesía africana escrita en el siglo XX mantiene y renueva esa tradición,  se trata, esencialmente, de una poesía de la angustia. Resulta imposible soslayar el desarraigo causado por el colonialismo. Todas y cada una de ellas han de enfrentarse no solo a la pobreza provocada por siglos de explotación o al desengaño de unos procesos de independencia que nunca trajeron la liberación prometida, sino a la terrible ironía que supone tener que escribir en la lengua del colonizador.
Esta no es la única contradicción que caracteriza a la poesía africana, ya que si bien, como hemos dicho, se trata de una poesía de la angustia, también es una poesía que se rebela contra esa misma angustia, contra la historia del continente, contra «el miedo, el complejo de inferioridad […], la desesperación, el servilismo», que proclamaría Aimé Césaire. Para las poetas africanas, por su condición de mujeres, la rebeldía acaba resultando doble. Escriben para destruir la losa de la historia, pero también para alzar la voz con furia y mostrar que no tienen miedo ni del fantasma del colonizador europeo ni de ese otro hombre, de carne y hueso, que pretende escribir el futuro de África sin ellas, una vez más.
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Entre las voces africanas de una generación anterior, queremos destacar también a Noémia de Sousa (1923–2002), poeta y periodista mozambiqueña. Tuvo que exiliarse de Mozambique en 1951 debido a la persecución política a la que se vio sometida por sus ideas anticolonialistas. Más tarde volvería a tener que pasar por otro exilio, huyendo de Lisboa hacia París,  por su oposición a la dictadura portuguesa. Aunque desarrolló la mayoría de su obra poética en la juventud (1948-1951), antes de dedicarse enteramente al periodismo, sus poemas dejaron testimonio de su espíritu rebelde y del orgullo de una nueva generación de africanos que, por primera vez, empezaban a transformar la humillación colonial en una renovada fuerza identitaria.




Si me quisieras conocer

Si me quisieras conocer,
estudia con ojos de ver
ese trozo de palo-negro
que un desconocido hermano maconde
con manos inspiradas
talló y trabajó
en tierras distantes allá en el Norte.

¡Ah! Esa soy yo:
órbitas vacías en la desesperación
de perseguir la vida,
boca rasgada y herida de angustia,
manos enormes, agrietadas,
irguiéndose como quien implora y amenaza,
cuerpo tatuado de heridas visibles e invisibles
por los duros azotes de la esclavitud…
torturada y magnífica
altiva y mística,
africana de la cabeza a los pies.
¡Ah! Esa soy yo
Si quisieras comprenderme,
ven e inclínate sobre mi alma de africana,
en los gemidos de los negros,
en los batuques frenéticos de los muchopes,
en la rebeldía de los machanganas,
en la extraña melodía que vuela
de una canción nacida de la noche.


Y no me preguntes nada más
si es que me quieres conocer…
no soy más que un caracol de carne
donde la insurrección de África congeló
su grito lleno de esperanza.

Mario Benedetti






Como árboles


Quién hubiera dicho
que estos poemas de otros
iban a ser
míos

después de todo hay hombres que no fui
y sin embargo quise ser
si no por una vida al menos por un rato
o por un parpadeo

en cambio hay hombres que fui
y ya no soy ni puedo ser
y esto no siempre es un avance
a veces es una tristeza

hay deseos profundos y nonatos
que prolongué como coordenadas
hay fantasías que me prometi
y desgraciadamente no he cumplido
y otras que me cumplí sin prometérmelas

hay rostros de verdad
que alumbraron mis fábulas
rostros que no vi más pero siguieron
vigilándome desde
la letra en que los puse

hay fantasmas de carne otros de hueso
también hay los de lumbre y corazón
o sea cuerpos en pena almas en júbilo
que vi o toqué o simplemente puse
a secar
a vivir
a gozar
a morirse
pero además está lo qe advertí de lejos

yo también escuché una paloma
que era de otros diluvios
yo tambén destrocé un paraíso
que era de otras infancias
yo también gemí un sueño
que era de otros amores

asi pues
desde este misterioso confín de la existencia
los otros me ampararon como árboles
con nidos o sin nidos
poco importa
no me dieron envidia sino frutos

esos otros están
aqui

sus poemas
son mentiras de a puño
son verdades piadosas

están aqui
rodeándome
juzgandome
con las pobres palabras que les di

hombres que miran tierra y cielo
a través de la niebla
o sin sus anteojos
también a mí me miran
con la pobre mirada que les di

son otros que están fuera de mi reino
claro
pero además
estoy en ellos

a veces tienen lo que nunca tuve
a veces aman lo que quise amar
a veces odian lo que estoy odiando

de pronto me parecen lejanos
tan remotos
que me dan vértigo y melancolía
y los veo minados por un duelo sin llanto
y otras veces en cambio
los presiento tan cerca
que miro por sus ojos
y toco por sus manos
y cuando odian me alegro de su rencor
y cuando aman me arrimo a su alegría

quién hubiera dicho
que estos poemas míos
iban a ser
de otros.

Luigi Pirandello

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«Los hechos son como los sacos; si están vacíos no pueden tenerse en pie.»
LP

«Vive y no lo sabe»

Vivo del sueño de una sombra en el agua:
sombra de ramas verdes, de casas
ya dadas vuelta, y de nuevo nubes… y se mece
todo: el borde blanco de un muro
en el cielo azul que te deslumbra, una cuerda
que lo atraviesa, un farol y el tronco
negro de un árbol, cortada a la mitad
una hoja amarilla
de papel que flota…
Sombra en el agua ─líquida ciudad…
luminoso temblor, inmensidad
el cielo claro, verde verde verde
de hojas─ todo parece que se fuera y está
y vive y no lo sabe:
no lo sabe el agua, no lo saben los árboles,
no lo sabe el cielo ni las casas… Sólo
un hombre lo sabe, que camina
a lo largo del dique triste
del canal.

Luigi Pirandello






Poema original en italiano


Vive e non sa»

Vivo del sogno di un ’ombra nell ’acqua:
ombra di rame verdi, di case
giú capovolte, e di nuovo nuvole.., e tremola
tutto: lo spigolo bianco d ’un muro
nel cielo azzurro abbagliante, una corda
che l ’attraversa, un fanale e il tronco
nero d ’un albero, tagliato a mezzo
un foglio giallo
di carta che galleggia…
Ombra nell ’acqua – liquida città…
luminoso tremore, vastità
il cielo chiaro, verde verde verde
di foglie — tutto par che vada e sta
e vive e non lo sa;
non lo sa l ’acqua, non lo sanno gli alberi,
non lo sa il cielo né le case… Solo
un pover’uomo lo sa, che va
lungo l»argine triste
del canale.