miércoles, 10 de enero de 2018

lêdo ivo





Los pobres en la estación de autobuses

Los pobres viajan. En la estación de autobuses
levantan los pescuezos como gansos para mirar
los letreros del autobús. Sus miradas
son de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta
que tiene el color del frío en un día sin sueños,
el sandwich de mortadela en el fondo de la mochila,
y el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el traqueteo de los autobuses
temen perder su propio viaje
escondido en la neblina de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa
la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotesco son los pobres! ¡Y cómo molestan sus olores aun a la distancia!
No tienen la noción de los conveniente, no saben portarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído e hinchado un hilillo de leche
escurre hacia la pequeña boca habituada al
lloriqueo.
En los andenes van y vienen, saltan y
aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas impertinentes en las ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con
aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas extravagantes,
esos amarillos de aceite de dendé que lastiman la vista delicada
del viajero obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos chillantes de feria y parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort
aunque algunos de ellos tengan hasta televisión.
Verdaderamente los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal gusto)
Y en cualquier lugar del mundo molestan,
viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares
aun cuando vayamos sentados y ellos viajen de pie



*traducción de Maricela Terán



martes, 9 de enero de 2018

Laura Casielles







LA HISTORIA INTERMINABLE

Todas nosotras,
Ícaro,
lo entendemos bien.
Intentábamos alcanzar el amor y acabamos,
siempre,
con las alas quemadas.







© Germán Terrón







Te quiero…
dos palabras sencillas,
pequeñas y atrevidas,

pero que en mi boca,
son
un discurso entero.



La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie, cielo, exterior y agua

ISABEL IZQUIERDO


DOS MIL CINCO
Para que puedas comer me he desgarrado parte de la espalda y el muslo derecho, me parece justo, si me llenas cada día tendremos que alimentar
el programa locomotor.
Por soledad te echas a otra aorta, por miedo, a cualquier hígado.
Y en este siempre inconcluso periodo de evolución
más animal que ayer y menos bestia que mañana.
Para que no te canses de venir he depurado mi agonía hasta esa nota aguda
y asfixiante que tanto te emociona.
Para que puedas beber he arrancado los geranios de la barriga, ya estoy calva, sin hiedras para que tu cabeza de vaca no se enrede.
Por amor uno se da más puntadas que el doctor Frankenstein


Corrupta y salvaje, hasta mañana.
A lo Mary Shelley
_____________Tu amante.

Federico García Lorca




Alma ausente

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.



lunes, 8 de enero de 2018

Amalia Bautista







Al cabo, son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.
Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.
Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.

Ángel Guinda

 



La mirada


Lo mismo que una llave abría el aire
a los misterios de la transparencia.

Me convocaba igual que una ventana
o una cita del cielo con el mar.

Podía haber vivido en su fulgor
o esperar a morir como un naufragio.

Porque aquella mirada no era de unos ojos
y aquellos ojos no eran de ningún mundo.



(de Caja de lava)