19 marzo 2017

Ana Luna Oscura









Durante muchos años el recuerdo de aquel verano acompañó algunas de mis noches. En mis sueños, la veía de nuevo a través de aquellas ventanas que al atardecer siempre dejaba desnudas.
Como si se tratara de un ritual, yo aguardaba impaciente el momento en el que una vieja melodía ponía fin al silencio tedioso de aquellas horas interminables y daba comienzo al mejor momento del día, aquél que invitaba a sentir esa brisa que acompaña los crespúsculos.
Mientras escuchaba aquella música, escondido tras las cortinas de mi habitación, esperaba ansioso verla aparecer con aquel camisón de satén rojo que dibujaba a la perfección su hermoso contorno.
A veces tenía la suerte de que algún tirante resbalase por su hombro mostrando parte de aquellos senos tan llenos de vida y los latidos de mi corazón, inquietos, herían mi pecho, mortificando aquel desvelo.
Y la brisa ondeando suavemente aquella tela…
Y su larga cabellera negra…
¿Quién no hubiera deseado acariciarla?
Me convertía en viento, fundiéndome con él, convirtiéndole en mi aliado, cuando por fin se acercaba aún más a la ventana y levantaba con sus manos suaves aquella melena.
Cuántas veces en mi juventud ansié besar aquel cuello, aquel cuerpo que parecía encerrar un misterio lleno de excitación. Entonces me preguntaba cuándo llegaría por fin el sosiego, pero cada tarde aquella brisa maldita hacía de nuevo su aparición. Hasta que un verano ella no regresó.
Me costó muchos años encontrar aquel disco, pero cuando lo escuché de nuevo tratando de apaciguar mi memoria, tratando de hacerla de nuevo mía, descubrí que hay misterios que nunca se pueden descifrar…