18 marzo 2017

Rafa Mora








Hay toxinas en cada residuo emocional.
En cada cicatriz donde una vez latió abierta la herida.
Desinfectamos con prisa.
Sin paciencia.
Con demasiado algodón y escasa luz oxigenada.
Pero la sangre no olvida.
Hierve, intensa, en el latido de los días.
Escuece, caprichosa, en el silencio de la noche.
Supura memoria.
Y lentamente infecta de nostalgia,
sin piedad ni compasión,
este frágil corazón deshabitado.




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