14 julio 2018

Ramón Llanes




NOSOTROS Y EL MAR



Qué habrá sido de la última ola, de su último refugio en la orilla quieta; qué de los pájaros que le bucearon alimentos y se durmieron en el aire esperando los vórtices y las algas. El mar simula momento a momento que nos olvida y permanece en una atención insistente, se asombra de las insolencias nuestras, anega la tierra cuando le viene en gana, se quita el humedal y la caspa, se intenta disolver en minúsculas gotas para ofrecernos su mejor patria; la levedad de nuestra mirada le hace añicos los recuerdos, habrá pensado que somos los gigantes que lo mueven y que nos debe sumisión.
Está el mar en nuestro lado izquierdo, observándonos, calentándonos los inviernos fríos, está sobrado de benevolencia y sin cansancio. Tenerle cerca es un colirio para el estado sensorial de nuestras células. No se irá, le ataron las manos, le prensaron los pies a nosotros, le llenaron de gérmenes de vida; ni sabemos cuál será su fracaso ni conocemos sus metas, que a solo de un sorbo, en la puerta de nuestro hálito, para el deleite estival, para cuando la nostalgia nos alisa, para todo, el mar está a la espera. Qué espuma habrá inventado para hoy de toda su gama de creaciones o qué magma espiritual tendrá en las manos grandes para nosotros; lascivia natural y anhelos echados, músicas de la Pampa, aires del Sur, traerá al ocaso para la oferta ritual de los días céfiros. Tenemos la suerte de tenerle, nosotros que somos ficción en su mundo y le golpeamos la cara cuando nos responde.
Ayer le amó la calma, en las levas fue mensaje de afecto que envió a las playas; ayer las cosas del tiempo le dejaron vivir y los hábitos de los días le dedicaron cantos de bienvenida, como si se hubiera ido un rato y viniera, ayer, a confiarnos un nuevo paisaje. El mar, ¿no parece una especie de nosotros, a veces hostigado, a veces tierno y siempre en la esperanza?. O acaso un referente. El mar, tal vez la incógnita emoción.




Ramón Llanes. EL CAJÓN DEL SASTRE.



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