miércoles, 12 de febrero de 2020

Marie-Leontine Tsibinda


Si Europa desconoce el verbo africano es porque siempre ha preferido apretar la garganta ajena antes que sentarse a escuchar su canto. Siglos de genocidio y esclavitud mermaron la tradición oral de los pueblos del continente, que aun así fueron capaces de conservar un maravilloso acervo de relatos, mitos y refranes que florecen en su literatura a día de hoy. La poesía africana siempre ha recogido los ritmos de su pueblo, las palabras de sus ancestros, lo que el teórico Léopold Senghor definiría como un mundo «animado por las fuerzas invisibles que rigen el universo», a lo que añadiría también que «en el África negra, cualquier obra de arte es al mismo tiempo una operación mágica». Aunque la poesía africana escrita en el siglo XX mantiene y renueva esa tradición,  se trata, esencialmente, de una poesía de la angustia. Resulta imposible soslayar el desarraigo causado por el colonialismo. Todas y cada una de ellas han de enfrentarse no solo a la pobreza provocada por siglos de explotación o al desengaño de unos procesos de independencia que nunca trajeron la liberación prometida, sino a la terrible ironía que supone tener que escribir en la lengua del colonizador.
Esta no es la única contradicción que caracteriza a la poesía africana, ya que si bien, como hemos dicho, se trata de una poesía de la angustia, también es una poesía que se rebela contra esa misma angustia, contra la historia del continente, contra «el miedo, el complejo de inferioridad […], la desesperación, el servilismo», que proclamaría Aimé Césaire. Para las poetas africanas, por su condición de mujeres, la rebeldía acaba resultando doble. Escriben para destruir la losa de la historia, pero también para alzar la voz con furia y mostrar que no tienen miedo ni del fantasma del colonizador europeo ni de ese otro hombre, de carne y hueso, que pretende escribir el futuro de África sin ellas, una vez más.


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Marie-Leontine Tsibinda (1958) es una poeta nacida en Girard, República del Congo. En 1996 recibiría el Premio Nacional de Poesía; sin embargo, apenas tres años después, tuvo que huir del país debido a la guerra civil del 5 de junio. Publicó su primer libro, Poèmes de la terre, en 1980. Escribió más tarde otros poemarios y novelas, aunque, tras su exilio a Canadá su actividad literaria ha sido más bien escasa. Su obra poética, escrita en francés, pone el foco en los conflictos sociales y políticos de su país, pero también ha abordado otros temas como la maternidad.

Regreso a Girard*

A los niños de Mayombe
He vuelto a encontrar la estación, los rieles, el mercado
he saludado a mi Loukoula de aguas oscuras
he saludado a mi Loukoula de aguas verdes
mi surco de vida ruidosa.

Mi casa sombreada por el safoutier sin edad
cocina que ahúman los años
te debo mis pasos de infancia
te debo mis pasos jóvenes.
Crisálidas en flores
revolotean sobre mí
Massouéma con sus alas me roza “Titi”
Garrick con sus antenas ha captado mi sonrisa
Iboumbi ha cantado, cantado sin parar
Makagana ha trotado, trotado tras un polluelo
desalojado las mariposas, tropezado y reído
con risa franca de almas inocentes.

Las codornices doblan los gallos de la aurora
para recoger la mañana.
Un tren pesado penetra las montañas
hace temblar los sueños de las lianas verdes
y de los mangles amodorrados
Él despierta los genios de Mayombe
y se abre hacia la gran sangradura
del mar, hacia el infinito.




*Traducción de Pablo y Myriam Montoya.

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