07 julio 2017

Francisco Javier Sanchez Duran



Reventando los márgenes que disloca el tiempo
la brisa enlutó la tarde repleta de colores.
Junto a la esquina sobre la farola sabia llena de viejas historias
estalló el beso y mis dedos se enredaron en tu pelo añil
y los tuyos moldearon mi semblante y clarificaron mis ojos.
Allí nos amamos
como habíamos decidido
con dedos aviesos y labios prestos
a la caricia y al deseo incontrolado.
Anduvimos de versos
arrojados al rostro con pasión desmedida
entre aquellas sombras cómplices de nuestro amor nocturno.
Era la noche elegida,
la penumbra precisa y necesaria.
Cabalgamos en silencio sobre la noche
colmada de relojes incontestables
que marcaban la cadencia de las tinieblas en la ciudad inhóspita.
Era una noche veraniega
henchida de humores calientes adheridos al asfalto,
humores heredados del sol de mediodía.
Y allí permanecimos no sé el tiempo
esperando el bosque,
la llegada de los árboles

que nunca se produjo.

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