domingo, 14 de julio de 2019

© Antonio Porras Cabrera




A veces, en los lugares más insospechados, te sorprende la vida con la muerte. En nuestro reciente crucero por los fiordos, tuvimos la amarga experiencia de un suicidio. Una señora, posiblemente hastiada de la vida, se tiró por la borda. Fue una experiencia terrible, cargada de inquietud y desasosiego, mientras los helicópteros la buscaban en la mar y el barco, junto a otros que se incorporaron a la faena, también se dedicaba a la búsqueda. Al final un helicóptero la encontró y llevó su cuerpo a la cercana Dinamarca. A mí, en un intento de amarga comprensión, me acudieron estos versos:

LA VIDA TE SORPRENDE CON LA MUERTE

Una luz de tristeza inunda la tarde,
un grito de desespero,
un empacho de llanto
y sufrir en silencio.

El mar en su profundidad
llama al abismo,
y un interior, que ya no habla,
se puebla de mutismo,
volando al espacio infinito,
a un cosmos que acoge el desaliento
y al dolor de una eterna soledad
que no encuentra remedio.

El vuelo decidido, en caída libre,
levanta un griterío de incomprensión
entre el pasaje sorprendido,
la popa huye y el cuerpo, casi inerte,
golpea con estupor
las aguas alborotadas por las hélices.

Ya todo ha concluido,
se borró el ayer matando hasta al presente,
frustrando el utópico futuro.

No hay ya causa para el llanto,
concluyó el sufrimiento
quedando proscrito ante la muerte
que todo lo anula y extingue
como un punto y aparte de la vida,
como un fin de celuloide
cuyo guion no fue escrito,
hasta este momento final, por el actor
que representa la tragedia.

Descanse en Paz eterna
quien quiso abandonar por propia suerte
los avatares abruptos de la vida
entregándose al mar
en un vuelo de muerte.


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