Me dijeron que la vida
y la muerte van de la mano.
¿Y a dónde van?
Porque yo entrelazo mis dedos
con quien no quiere perderme;
porque yo agarro la mano
de quien me invita a sentirle
pero la vida, Señor,
es un látigo despiadado
que se enfrenta a su suerte
y la muerte, Señor,
el descanso de aquel
que ya ausente, se fue de la mano
de quien quiso tenerle.
¡El amor es quien queda
de dos manos calientes!
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