miércoles, 27 de diciembre de 2017
Isabel Rezmo
Hoy no te paraste.
Hoy seguiste calle abajo sin el resorte de volverte.
Seguiste como el cuerpo que se orienta en el vacío, que
poco a poco muere entre las pisadas. Como una sombra
de mimbre, como los cuerpos desnudos, como el
descaro del argumento malsano.
Dejaste que una parte de mi rompiera, presionara mi
carne, mi piel, mansamente.
Me quedé anclada en el resorte de tu mirada perdida.
Ángel González
Bosque
Cruzas por el crepúsculo.
El aire
tienes que separarlo casi con las manos
de tan denso, de tan impenetrable.
Andas. No dejan huellas
tus pies. Cientos de árboles
contienen el aliento sobre tu
cabeza. Un pájaro no sabe
que estás allí, y lanza su silbido
largo al otro lado del paisaje.
El mundo cambia de color: es como el eco
del mundo. Eco distante
que tú estremeces, traspasando
las últimas fronteras de la tarde.
María José Gutiérrez Sánchez
Y SIGO AQUI
Y sigo aquí
asomada a la ventana de la espera,
de este inmóvil presente de dudas estancadas,
anhelando la llegada de otra nueva tierra.
En mi cabeza,
invento aires de ínfulas promesas
cuyo martilleante estribillo mecánico
tararea incesante un canon llamado “vida nueva”.
Por horizonte,
una barrera invisible infranqueable
de cielos azules infinitos
donde a veces las nubes juegan “su juego de las formas”
retando a mi lejana imaginación de niño
a perder el tiempo en cosas importantes.
Por frontera,
enanos cerros me acorralan,
como grandes K2 que me impidieran
escapar de este valle herido de muerte
por tres largas cuchilladas donde escapa el agua clara inteligente,
hasta un océano de verdes suertes residuales.
Mi paisaje,
un ejercito de altivas garzas de amarillo acero,
obedientes frios girasoles,
desviando sus cabezas al mismo cardinal punto.
Los días que el viento sopla de poniente,
bailan para mi un fragmento del lago de los cisnes.
Más allá,
grises moles absurdas de cemento,
alineadas en filas ordinarias
que la naturaleza jamás hubiera consentido;
pequeñas cajitas de cerillas
donde se clasifican las vidas de la gente
y se acumulan las vanidades de la opulencia de los hombres.
En el abismo que forma mi paisaje,
pequeños seres diminutos,
cabezas con patas obsesionadas
en recorrer mi calle en un tiempo preciso;
extraños animales que dejaron en su estupidez,
de guiarse por sabios instintos.
Y en esta cárcel,
construida con supuestos nobles materiales,
estoy sitiada por la inercia y la costumbre,
vencida por la seguridad de lo seguro,
cegada por la luz del compromiso.
Solo el olor que sube a tierra húmeda,
cuando algun chaparrón desluce el paraiso;
ese olor a libertad ansiada,
me hace soñar con otras lejanas tardes
que antes yo ya habia vivido.
Tardes eternas con infinitos dulces mares
e inmensas playas donde morir contigo.
Al atardecer,
negros pájaros vienen a posarse
curiosos se entretienen contemplándome
y en sus atentos ojos descubro su intención
de lanzarme migitas despacito.
martes, 26 de diciembre de 2017
Blanca Langa Hernández
ESCRIBO PORQUE SÉ que mis palabras
volarán una tarde hasta tus ojos
como palomas de humo,
herirán
con sus alas calientes tu mirada.
Escribo porque sé que alguna tarde
en el hueco de lluvia de tus manos
caerán las palabras que hoy anudo
Y que enhebro pensando sólo en ti.
Escribo porque sé que a tu mirada
volarán las palomas de mis versos
y anclarán en la arena de tus manos.
El latido del mar hasta la playa
de tus ojos marinos y distantes
acercará mi voz y las palabras
que hoy escribo pensando sólo en ti.
(Tal vez sea la luz)
José Manuel Acosta
BESOS LATENTES
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Se me ocurrió mientras me quedaba sin tinta
que podríamos buscarnos
cuando las agujas del reloj se amen
y el tiempo nos divida.
Que si te miro con insistencia
venga un intermedio
con más impaciencia que nosotros,
y alguna casualidad
nos equivoque el destino.
Puestos a pensar,
imagínate que metemos las heridas
en un libro porque en él
se hacen invisibles.
Imagínate
que somos dos poetas
dominando el mundo
porque cada uno escribe
la historia a su manera.
No creas que a los labios se les engañan,
a su juventud le faltan
los años que los besos tienen.
viernes, 22 de diciembre de 2017
Pedro Javier Martín Pedrós
No me gusta sentir
mis manos vacías.
Me agrada acariciarlas delicadas,
llenas de amor.
No me gusta la gente que no transporte
en su miradas copitos
llenos de imán.
Necesito, me agrada,
la atracción mutua.
Dos gotas de agua si
las acercas mucho, se funden.
Así,
pude crear algunos versos
con olor a humanidad.
No me gustan los días grises,
los azules
siempre fueron fieles compañeros
en mis viajes a ninguna parte.
A tientas,
las metáforas me
salvan del precipicio de tus labios.
Elízabeth Carranza
Y QUIEN?
Y quién me canta
en las horas
más grises?
Cuando llega
la ansiedad de no ser
la que amaste
alguna vez.
Quién me canta
cuando has dejado
de verme
desde un pedacito
de tu alma,
y ya no te soy más
luna ni sol
ni frío ni noche.
Cuando
el te quiero
presente en tus labios
se abraza de todos los silencios
y no estás
y no estoy
y no te espero
porque nos era
imprescindible
marcharnos.
Elizabeth
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